Christian McGaffney en una escena de «Todo lo que no dije» (Foto: Ari Feldmiller)

A veces uno va al teatro de espectador y termina encarnando un personaje. Es cierto que no sucede a menudo, pero en «Todo lo que no dije», el espectáculo de Miami New Drama que conmueve hasta lo más profundo con unas postales de Venezuela sobre el tapete, las probabilidades de interactuar con la escena son sumamente altas.

Antes de los terremotos

Este peculiar monólogo del dramaturgo neoyorquino Harley Elias tuvo su estreno
mundial el pasado 18 de junio en el Colony Theatre de Miami Beach, sin sospechar siquiera que su propuesta universal sobre el amor filial terminaría «hablando» de exilio, de destrucción, en un contexto actual insospechado para Venezuela y los venezolanos.
No está planteado así originalmente. De hecho, la obra se escribió en inglés y fue
traducida al español para que el magnífico actor venezolano Christian McGaffney la
interpretara. Se trata de un texto divertido y filosófico a la vez, que se apoya en un
recurso de comunicación ya en desuso: las postales de viajes.
«Cuando un hombre descubre una postal que podría haber sido escrita por el padre con
quien lleva décadas sin hablar, un pequeño misterio se transforma en un viaje
inolvidable entre recuerdos, migración, música, aviones de papel y conexiones
perdidas», reza la sinopsis de esta obra, cuya puesta en escena elige un teatro de
cámara para conseguir la interacción.
La entrada a la sala ya avisa: habrá que subir al escenario porque ahí es donde han
construido un espacio cerrado para alrededor de un centenar de espectadores.
Teatro arena, teatro circular, anfiteatro, antropología teatral en el sentido del proceso
de la puesta en escena, que es distinta una de otra porque depende de quién asista
cada noche.
Pero vayamos al nexo entre el dramaturgo y el público.

Laboratorio teatral

El actor es clave, y para lograr funciones diferentes donde fluya la comunicación hace
falta alguien excepcional.
Christian McGaffney, reconocido internacionalmente como protagonista de «Simón»,
la película de Netflix escrita y dirigida por el venezolano Diego Vicentini, soporta
magistralmente el peso de este espectáculo que podríamos denominar un «laboratorio».
No es un texto corto. Y, además, aunque está pautado para que transcurra en una hora
y veinte minutos, el texto se dibuja cada noche con la energía del auditorio, lo que
obliga al actor a controlar los límites o, si se tercia, a desarrollar los excesos.
No es tarea fácil. Hay varios personajes (un investigador, una enfermera, un padre
perdido en la distancia, entre otros) que, como decíamos, dependen del público.
La proximidad al actor y a la utilería es un recurso provocador que la puesta en escena
arriesga en todo momento.
Si bien a la entrada hay unos empleados del teatro que ofrecen auriculares para
traducción simultánea (del español al inglés, como el viaje al revés), y llevan al
espectador hasta una butaca numerada, una vez que comienza la función la suerte
está echada.
Se trata de una puesta en escena que no baja las luces para no arriesgar la
interactividad, aunque a veces el hiperrealismo puede desbordarse, pero eso depende,
como decíamos, del actor.

¿A quién no se le ha perdido un padre, ya no físicamente, sino en la distancia?

Ya convencido de que no existe una cuarta pared, al público no le queda más remedio
que integrarse en esos «palacios de la memoria» que plantea la obra para que realicemos nuestro viaje interior.
¿A quién no se le ha perdido un padre, ya no físicamente, sino en la distancia?
Con este presupuesto básico, asistimos a una terapia de grupo, a nuestro juicio con
demasiada manga ancha (¿de qué vale un viaje emocional a nuestra infancia si acto
seguido te “obligan” a reír?).
Christian McGaffney está pendiente de todo y elige en los primeros minutos quiénes
van a interpretar los personajes. Domina perfectamente la corta distancia y también la
improvisación, el otro ingrediente indispensable.
El «problema», que tal vez no lo sea para algunos espectadores, es la frágil línea que se
ha trazado entre el divertimento y la tragedia.
El texto no habla de Venezuela y tampoco de exilio. Habla de emigración, pero al
mismo tiempo menciona la posibilidad del no retorno. Aquí es donde creemos que el
director de la puesta en escena (Michel Hausmann) arriesga demasiado.
El acento venezolano está en primer plano. Los giros lingüísticos también. Encima de la
mesa hay unas postales que se pueden leer fácilmente desde la primera fila, o, de lo
contrario, si el actor te las acerca para que leas un texto.
Son postales del Aeropuerto de Maiquetía y del Teleférico del Ávila, por ejemplo.
Nadie sabía que un doble terremoto iba a devastar todavía más el corazón de
Venezuela el Día de San Juan. Cuando ocurrió la tragedia, y según su propia web, la
compañía Miami New Drama ya tenía en escena el estreno mundial de «Todo lo que no
dije», un espectáculo interactivo en principio sobre el amor filial.
En la función que vi -no me tocó interpretar ningún personaje, pero a mi mujer sí-
Christian McGaffney termina con lágrimas en los ojos.
Eugenio Barba, el gran investigador escénico y director del escandinavo Odin Teatret,
diría que esto es antropología teatral.

Las funciones continúan a partir de este miércoles 8 de julio y hasta el sábado 12 de
julio. La venta de entrada será en apoyo a los afectados por el doble terremoto de
Venezuela
.

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soy Jorge

Bienvenido a queridobob.com, un lugar de recordación a mi padre que soñaba con los Cayos de Florida. Soy Jorge Ignacio Pérez, un periodista que escribe desde Miami, la ciudad eterna, pero no en el sentido de Roma. Aquí dejo mis crónicas, reportajes, entrevistas y reflexiones. Adelante.

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