
Cuando vivía en esta ciudad a principios de los 2000, la llegada del verano, aunque soy caribeño, me producía una inmensa tristeza.
Solo con el paso de los años pude comprender por qué: Mucha gente se iba de vacaciones, innumerables comercios cerraban hasta septiembre y llegaban unos turistas muy tranquilos que, en mi mente, significaba una pequeña población flotante.
Pero la quietud imperaba.
Ahora es todo lo contrario y lo he podido comprobar.
Según un estudio de 2025, realizado por la empresa Nomad, Barcelona es la “capital mundial del turismo masificado”.
El reporte indica que la capital catalana es la única del mundo que supera el umbral de los 200 turistas por kilómetro cuadrado.
El intenso calor que va en aumento por estas fechas de año en año lo ha complicado todo.
En estos días quedé con una amiga cubana que, como este servidor, se exilió en la Ciudad Condal en 2001. Buscábamos un sitio para tomar algo en Rambla de Catalunya y se negaba a sentarse en una terraza.
-No aguanto el calor- aseguraba.
Encontramos un bar climatizado, pero costó hallarlo.
Ese mismo día yo había escuchado a una mujer en una parada de autobús decir que se necesitaba lluvia, “aunque sea una tarde”.
En efecto, los incendios forestales golpean ahora mismo al país, especialmente a la Comunidad de Madrid.
Luego mi amiga me confirmó una sospecha: el aire acondicionado en metros y autobuses metropolitanos ya no da abasto.
Esta amiga que prefiere no ser identificada, dice que el “turismo mochilero que trajo la Colau”, en referencia a Ada Colau, la alcaldesa y activista de ultra izquierda que fue regidora entre 2015 y 2023, es el que masificó la ciudad.
Aunque, añade, también ha venido a vivir mucha gente de países europeos con alto poder adquisitivo.
El resultado: una urbe congestionada -sumando la inmigración “tercermundista” de la que fui parte- donde los servicios de limpieza no alcanzan.
Y las playas ya no son un alivio, todo lo contrario por lo masificadas que están.
El triunfo de España en el mundial de fútbol vino a “refrescar” un poco los ánimos. Durante unos días se dejó de hablar del calor, pero ya hoy volvimos a las andadas por las escaleras del metro. Volvimos, como en el Caribe, a buscar desesperadamente la acera de la sombra.
Mi amiga me dijo que, prácticamente, se han perdido las estaciones, pero no las del metro, sino la primavera y el otoño: Del frío, cuenta, “ casi que pasamos directamente al calor”.

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