Barcelona ha cambiado (III y final)

(Foto del autor: Obra nueva de El mercado de los Encants de Barcelona, uno de los más antiguos e icónicos de la ciudad)

Poco antes de tomar el avión de regreso a Miami, el Gobierno español declaraba 211 zonas afectadas por incendios forestales, 54 de ellas en Cataluña. De acuerdo con el presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, ya se han quemado más de 170.000 hectáreas cuando queda por delante la mitad del verano.

Medios locales como ElPeriodico.com anunciaban que Barcelona ha propuesto «subvencionar aires acondicionados en los barrios más vulnerables», en «un paso audaz hacia la protección de su ciudadanos».

Según este medio, las temperaturas extremas «están dejando huellas» cuando se cuentan alrededor de un centenar de víctimas mortales este verano por el calor y «la ciudad se prepara para un cambio necesario en la calidad de vida de muchos».

Al aterrizar en Miami comprobamos que aquí la sensación de calor es superior, debido al alto por ciento de humedad, pero hay dos cosas que quizá «nos salvan»: las viviendas están preparadas con aire acondicionado central, y la vida no se hace en la calle, como en muchas ciudades europeas.

Atrás dejo unas líneas de metro repletas y al menos un par de incendios en dos estaciones de Barcelona, la de las Glòries y la de Sants, afortunadamente sin pérdida de vidas humanas.

Dejo Las Ramblas cerradas por obras de ampliación -un desaire, imagino, para quienes viajaron de turismo- y cientos de miles de personas paliando las altas temperaturas en playas y terrazas.

Viví casi 15 años en la preciosa Ciutat Condal y me la conozco como las palmas de mis manos. Mejor dicho, me la conocía de esa manera. Ahora muchas cosas han cambiado, como mismo cambia el clima y las costumbres: de andar por las calles mirando las fachadas a caminar con la vista clavada en la pantalla de un teléfono.

Lo asombro es hay muy pocos accidentes de tránsito.

«Ellos saben lo que hacen, conductores y peatones», sentenció mi hija, criada en Miami, donde cruzar a pie una avenida es un hecho muy poco cotidiano.

Cuando vivía allí, la crisis económica del 2007 y 2008 obligó a muchos negocios familiares de toda la vida a vender la tienda, y quienes compraban eran los chinos. Por supuesto, desapareció la mercería de los bajos. ¿A quién le puede interesar una mercería en un mundo lleno de cosas de usar y tirar?

Lo que me llamó mucho la atención ahora es que la mayoría de los bares que también eran gestionados por españoles están en manos de chinos, salvo algunos pocos que hacen menús y resisten la andanada.

Ya es lo más normal del mundo que te sientes en una terraza y te atienda una familia china. Eso al parecer no se discute: se ha asumido y punto.

En las playas, concretamente una que visité, la de Badalona, una inmensa masa de bañistas «sudamericanos» se había apoderado de la franja restaurada del Pont del Petroli (Puente del Petóleo), todo un símbolo de la ciudad situado junto a la antigua fábrica Anís del Mono.

«Es como una invasión», se quejaba, en el autobús, una señora que trataba de abrirse paso para conseguir algo que parecía una quimera: un asiento. Ciertamente, en el bus hay más extranjeros que locales. Parece un paisaje andino, si se mira en la corta distancia.

En Badalona gobierna el Partido Popular, conservador y cuya «cabeza» es un político que sale mucho en los periódicos por su discurso anti inmigración: Xavier García Albiol.

Por el momento, esta ciudad a orillas del Mediterráneo en la que viven más de 200.000 personas, se esfuerza por compartir el aire acondicionado de los autobuses amarillos que surcan angostas y empinadas calles. El tejido social, compuesto por paquistaníes, marroquíes, «sudamericanos» (lo entrecomillo porque los españoles suelen llamar así a cualquiera de Latinoamérica, incluyendo caribeños) y locales parece estar dividido en dos: los que viven en los barrios populares de las estribaciones de la montaña, y los que viven en barrios acomodados cercanos al mar. Pero eso sí, el Mediterráeno es de todos.

Cuando dejé Barcelona hace otros casi 15 años, tenía una relación amor/odio con la extensa y poblada ciudad que discurre entre mar y montaña. El problema era mío, lógicamente, pero necesitaba alejarme, distanciarme de mi circunstancia porque la ciudad seguía teniendo encanto y lugares sin explorar.

La prueba del algodón fue esta que acabo de hacer. Me dijeron que en invierno hubiera sido mejor. No lo dudo, pero necesitaba el contacto con el mar que alguna vez sustituí por el Caribe.

En una incursión a los Encants de Barcelona, el mayor mercado de pulgas de la ciudad, comprobé que la Ciutat Condal continúa viviendo de eventos, de reformas, de grandes infraestructuras: Ya no hay una rotonda en plaza de les Glòries donde, desde tiempos inmemoriales, está situado este mercado. Lo que han construido allí es tan imponente que no escapa de la polémica.

Hablo del entorno donde ya habían levantado, mientras yo vivía allí, la Torre Agbar, el edificio en forma de proyectil que se divisa desde todos los puntos de la ciudad. La polémica versa ahora sobre cómo integraron otro edificio con forma de «grapadora» que alberga el Museo del Diseño, una nueva fachada a la estación de metro, donde instalaron un parque de cactus que parecen traídos de Arizona, y un techo futurista para cubrir toda la superficie del propio mercado: un juego de espejos dorados de tamaño descomunal, amarrado a una estructura de metal con forma de nave espacial.

Nadie puede decir que los políticos no se gastan el dinero en renovaciones. Eso sí, con el tiempo, si no lo hacen ya, tendrán que pensar en cómo cobijar a tanta gente que elige Barcelona. Pobres, ricos y turistas, porque la clase media local, la que sostiene o sostenía la economía española, se está marchando a las afueras.

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soy Jorge

Bienvenido a queridobob.com, un lugar de recordación a mi padre que soñaba con los Cayos de Florida. Soy Jorge Ignacio Pérez, un periodista que escribe desde Miami, la ciudad eterna, pero no en el sentido de Roma. Aquí dejo mis crónicas, reportajes, entrevistas y reflexiones. Adelante.

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