
La fotografía que encabeza esta crónica me recordó mi Luna de Miel en 1992 en el hotel de Caimanera, aquellos días gloriosos en los que, además de hacer el amor a todas horas con una guantanamera que se enfadaba cuando le decían guajira, alternaba el tiempo con unos prismáticos instalados en los jardines para mirar la Base Naval estadounidense.
Pero lo que más me impresionó no fue estar físicamente a pocos metros del «enemigo», sino los trámites necesarios para llegar allí y luego encontrar en la habitación un televisor soviético sin «selector de canales».
La historia tiene varios ángulos. Siendo estricto con mi profesión, comencemos por la actualidad.
Esa foto distribuida este viernes por el Comando Sur del ejército de Estados Unidos, cuya sede está en Doral, muy cerca de donde vivo ahora, me indica el cese de las hostilidades, pero esto es una interpretación personal, como hace todo Dios en estos momentos: especulación pura y dura.
La foto fue enviada a redes para significar el encuentro entre el general y jefe del citado Comando, Francis Donovan, y el general del Cuerpo del Ejército Roberto Legrá Sotolongo, primer viceministro y jefe del Estado Mayor General de Cuba, «para un breve intercambio sobre asuntos de seguridad operativa».
Para mí, que fui editor gráfico de la primera agencia internacional de noticias del mundo en español, la foto está fuera de contexto, en el sentido de que no indica de qué lado de la cerca perimetral se reunieron. Además de estar desenfocada, fue subida a redes por separado, no en el paquete subido minutos después sobre la inspección de Donovan en la Base misma que visitó Celia Cruz, y donde la Guarachera de Cuba tomó tierra nacional metiendo una mano a través de la cerca.
Otro detalle: las fotos de Donovan inspeccionando la Base son en alta resolución, a diferencia de la primera.
Pero bien, volvamos al «selector de canales».
En 1992, en pleno «Periodo Especial», me había enamorado de una guantanamera que estudiaba danza contemporánea en La Habana. La pasión fue tal que nos casamos al poco tiempo, sin conocer personalmente a su familia. Nos casamos en La Habana, el día que discutí mi tesis de grado en la Facultad de Periodismo y no tuvimos ni cake de boda, ni luna de miel.
No había nada, y lo poco que había se conseguía en dólares.
Luego llegó el momento de conocer a su familia: Un viaje de 24 horas en un camión de mudanzas nos llevó a Guantánamo. Allí fue la gran boda. Cervezas, fotos, hotel.
Su padre era un pequeño agricultor y manejaba más dinero que cualquier periodista de la capital.
Para adelantarme y ofrecer algo, le había pedido a la subdirectora del periódico Juventud Rebelde, Arleen Rodríguez Derivet, sus contactos para conseguir una habitación de hotel en Guantánamo. Ella, que era diputada al «Parlamento» precisamente por esa provincia, me dijo que era difícil. Por supuesto que no le creí.
Al llegar, mi suegro nos tenía reservada una habitación en el Hotel de Caimanera, un pueblo de difícil acceso, colindante con la cerca perimetral de la Base.
Para poder entrar al pueblo tuvimos que mostrar identificación. Había una barrera para autos, como un puesto fronterizo. Yo había escuchado historias de personas de Guantánamo que trabajaban diariamente en la Base y cobraban en dólares. Me los imaginé cruzando esa barrera cada día.
Al ver ahora esta fotografía imprecisa y que ya se presta para memes (uno muy bueno sitúa a los generales de ambos países dentro de un McDonald’s), recordé la película alemana «Good Bye, Lenin», que vi solo, y llorando, en un cine de Barcelona. Lo otro que recordé fue aquel televisor ruso de la habitación del hotel: No tenía «selector de canales».
Eso enviaba una incuestionable lectura: Aunque estés a pocos metros de Estados Unidos, sigues estando en Cuba.
El ron, una guantanamera auténtica, la suerte de tener veintipico de años, el respaldo de un pequeño agricultor, el cielo azul, una piscina, todo esto hacía olvidar muchas cosas, como, por ejemplo, el campo minado que tenía a mis pies, donde mucha gente murió y otros resultaron mutilados tratando de ingresar en la Base.
Un televisor sin «selector de canales» fue, sin embargo, lo que me atormentó. Le habían arrancado el botón para que los huéspedes no husmearan la vida capitalista, que sabíamos existía, pero necesitábamos constatarla.
Fue brutal, ciertamente rompedor y, como muchas de las cosas en Cuba, surrealista.

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