
Yo voté por Zapatero. Sí, por José Luis Rodríguez Zapatero, el ahora imputado por la Audiencia Nacional por tres supuestos delitos en un caso de blanqueo de capitales, y quien en 2005, mediante una regularización masiva, sacaba de las sombras a miles de indocumentados que, como este servidor, queríamos tributar a la Seguridad Social y viajar por Europa en vuelos «lowcost».
En mi caso, no solamente estaba pagando un favor: le daba mi voto a un presidente que repetía como jefe del Ejecutivo luego de, en mi modesto juicio, haber «modernizado» a España.
El entonces candidato del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y hasta ayer mismo «guía espiritual» de la izquierda española, había legalizado el matrimonio igualitario, algo que en muchos países en esa fecha era prácticamente un dato histórico, pero en la España que conocí en los primeros años 2000 sonaba a progreso.
Pero ese mismo hombre señalado a diario por su buen «talante» y que, al menos a mí, me tranquilizaba con su tono de voz mesurado, en medio de un país que chillaba no solo en la televisión, sino también en los supermercados, ocultaba terribles intenciones.
Ya Zapatero y su escudero Moratinos (Miguel Ángel, exministro de Exteriores de España) habían dado señales de doble moral ofreciendo a Castro una salida internacional a la crisis de la Primavera Negra, la ola represiva que en 2003 llevó a la cárcel a decenas de comunicadores. La salida de esos comunicadores fue definitiva, fue el destierro, pero lo más grave, que no alcancé a ver entonces, estaba debajo del tapete.
La condición de Fidel Castro era que Zapatero le allanara el camino en el Parlamento Europeo, ayudándole a levantar sanciones promovidas por el expresidente Aznar, conocidas como la «Posición Común», que había puesto contra las cuerdas al castrismo.
Salvo el de ahora con la imputación por asesinato a Raúl Castro por parte de la Administración Trump, la «Posición Común» fue el cerco total sumándose al histórico embargo estadounidense. Y Zapatero cumplió.
¿Pero qué ganaba a cambio?
A la luz de hoy, ganaba un vínculo de primera mano con el chavismo, una poderosa maquinaria de corrupción, violación de los derechos humanos, robo y exterminio de un país riquísimo que ofrecía petrodólares a sus aliados.
¿Quién se lo iba a imaginar de un hombre con mirada azul, ecuanimidad aparente e impulsado por una campaña de marketing que hacía hincapié en su «talante»?
Lo demás es historia, una triste historia.
Tras la imputación a Zapatero, Juan Lobato, que fue secretario general del PSOE en Madrid y aspira a presidir esa comunidad, calificó esta noticia como «un palo emocional».
«Hay un duelo por la gravedad de las imputaciones. Lo que hizo (Zapatero) en materia de derechos civiles fue grande», anotó Lobato en una conversación con el programa La Brújula, de Onda Cero.
El juez que instruye el caso, José Luis Calama, sostiene que Zapatero y sus hijas han recibido cerca de dos millones de euros en comisiones.
Según el auto del juez Calama, titular del Juzgado Central de Instrucción número 4 de la Audiencia Nacional, la aerolínea Plus Ultra habría usado los 53 millones de dinero público que recibió a modo de rescate durante la pandemia para blanquear dinero procedente del contrabando de oro venezolano, así como de la malversación de ayudas sociales del régimen chavista.
De acuerdo con medios españoles, junto a Zapatero también están siendo investigados el presidente de Plus Ultra, Julio Martínez; el CEO de la aerolínea, Roberto Roselli; el empresario Julio Martínez Martínez (amigo y pagador de Zapatero), y un abogado de Madrid, entre otras personas.
Se trata de una aerolínea vinculada a Venezuela, de la que Zapatero dijo que era estratégica para conseguir mediante el actual Ejecutivo un rescate y «mordidas» de comisiones.
Según afirma el digital El Confidencial, ese mismo día en que se anunció la imputación, Zapatero tenía previsto irse a Venezuela,pero la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional frustró sus planes a primera hora de la mañana.
Los vínculos de ese hombre con «talante» y el chavismo son muy conocidos. Delcy Rodríguez, «blanqueada» ahora de cierta manera por Trump, llama «príncipe» a Zapatero, mientras la oposición, a la que él supuestamente debía favorecer,se siente decepcionada, para decirlo en un término suave.
En una conversación con el citado programa de Onda Cero a raíz de la captura de Maduro en enero, el opositor venezolano Lorent Saleh, Premio Sájarov de 2017 del Parlamento Europeo, calificó a Zapatero como alguien que «ha hecho del sufrimiento venezolano un negocio».
Según Saleh, quien fue secuestrado en Bogotá (Colombia), llevado al centro de torturas conocido como «La Tumba» y más tarde trasladado al de El Helicoide, en Caracas, Zapatero le dijo a su madre que no denunciara lo que pasaba.
«Tuvo el descaro de llamar a mi mamá y regañarla. (Él) ha hecho del sufrimiento venezolano un negocio, no hay un venezolano que hable bien de Zapatero, a no ser Delcy», afirmó.
Pero volvamos a la raíz de todo este asunto desagradable.
Es posible que alguien me diga que en ningún socialista se puede creer. Repito que, con mi voto, no solo agradecía a quien me sacó de las sombras, sino a quien «modernizaba» el país.
¿Pero a qué precio?
No sé qué podrán decir los desterrados de la Primavera Negra. Casi seguro, al igual que este servidor, se sentirán traicionados.
En el momento de mi voto ya existían pruebas de mediaciones de socialistas con Castro para excarcelar prisioneros políticos: desde Mitterrand, pasando por Felipe González, hasta García Márquez. Y Zapatero no podía quedarse atrás, aunque iba con retraso.
Es por ello, quizá, que no le quedaba otro camino que el peor de todos: cobijarse a la sombra del chavismo.
Cierto es que debemos respetar la presunción de inocencia. La Justicia dirá en el caso Plus Ultra.
Fuera de eso, el desdoblamiento mezquino es lo que tiene desconcertado a un político al parecer decente como Juan Lobato, quien no dudó en decir, en medio del asombro: «Zapatero nos iluminaba».

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