
Fue un sábado cuando la agencia EFE me envió a entrevistar al escritor y diplomático chileno Jorge Edwards (1931-2023) al hotel Mandarín Oriental de Miami. La entrevista era para publicar ese mismo día, horas antes de que el autor de «Persona non grata», el testimonio que por primera vez denunció los abusos del castrismo, cerrara la Feria del Libro de Miami en noviembre de 2017.
El edificio en el que conversamos acaba de «implosionar», literalmente. El momento de la implosión, de veinte segundos, lo reproducen medios locales e internacionales este lunes mientras recuerdo cómo fue que conocí a Edwards en el «lobby» del hotel, que tenía unas vistas panorámicas envidiables de la Bahía de Biscayne.
Edwards eligió un sofá de espaldas al mar situado en una esquina de la recepción. Le dije que tenía intenciones de fotografiarlo y me respondió: «Sólo una».
La foto es esta que publicaron varios medios internacionales y otros de asuntos cubanos, entre ellos Martí Noticias.
«Me ha hecho mucho daño en el sentido literario, porque yo he escrito muchos otros libros y durante años he sido el autor de uno solo», lamentó sobre «Persona non grata», el libro que narra los cuatro meses que Edwards pasó en Cuba en 1970 enviado por el presidente socialista Salvador Allende «para romper el bloqueo diplomático que había aislado a Cuba durante más de una década», según lo presenta la edición de Plon de 1976.
«Su estancia culminó con la detención de su amigo Heberto Padilla -el primer encarcelamiento de un escritor de renombre por parte del régimen-, acusado de haber transmitido a Edwards una ‘visión negativa de la revolución’», añade.
Al cabo de casi medio siglo de haber sido expulsado de la isla, y muerto Castro, se imponía la pregunta de si volvería en algún momento para comprobar si seguía siendo una «persona non grata».
«Cuando estaba vivo Fidel no quise ir, porque en el fondo era como hacerle un homenaje; era decir que uno ya se había rendido en esa especie de conflicto. Él era muy tramposo y yo le tenía más miedo a la foto que al palo. Por eso no fui», explicó.
«No es algo que me quite el sueño. Yo creo que la historia me absuelve a mí y no a Fidel Castro», agregó con una sonrisa.
Edwards, que murió en Madrid seis años después de esta entrevista, llegó a Miami para presentar el libro «Prosas infiltradas» (Reino de Cordelia, 2017), que contiene una selección de ensayos y crónicas de distintas épocas, pero estaba muy disgustado con la portada.
«El editor puso a Fidel en la portada. Le dije: ‘Este no es un libro sobre Fidel Castro y esta tapa engaña’. Casi me peleé con mi editor, que es mi amigo», explicó sobre el volumen de 22 ensayos en el que hay dos sobre Fidel, incluyendo uno escrito después de la muerte del dictador.
«El balance no corresponde y la tapa desorienta. Lo que pasa es que Fidel vende, tanto que hasta después de muerto el hombre sigue molestando», me dijo.
«Escribí una especie de balance del personaje, pero en este libro hay ensayos sobre Freud, sobre el Quijote, sobre Machado de Assis, que fue un escritor brasileño que me gusta mucho y sobre muchos otros», desgranó Edwards, que entonces tenía 86 años (falleció a los 92).
En un momento hilarante y cómodo de la conversación, me contó cómo los servicios secretos de Castro intentaron fabricarle un accidente automovilístico en una carretera entre Matanzas y La Habana. Pasó miedo, pero sabía que la velocidad descomunal que lleva el conductor era para amedrentarlo, confesó.
«No es que yo sea valiente. Es que soy consciente. No pienso demasiado, primero escribo, me dejo llevar por la escritura, y, claro, los libros se escriben para publicarlos, y ahí es donde vienen los palos», reconoció mientras hablábamos de Neruda, el poeta comunista que al final criticó a la revolución cubana y que le inspiró una novela que acababa de escribir en ese momento,»Oh, maligna».
«No aparece el Neruda que todo el mundo conoce. No es el Neruda comunista, sino uno joven anarquista, extremadamente liberal y que va enviado como cónsul del Gobierno chileno al extremo oriente, a Birmania», donde se enamora una birmana que aparece en su poesía, explicó.
La conversación fue grata y el escritor se fue relajando mientras yo miraba la bahía de Miami a través de unos cristales inmensos. Le dije que debía irme a resumir en 700 palabras la charla, para que saliera ese mismo día.
Al final saqué del bolso la cámara de fotos y me recordó: «Sólo una». Eran las 11 de la mañana, tal vez por eso estaba reticente.
Nos despedimos y pedí al «Valet parking» que me trajera el coche.
Me quedé tan impresionado con las vistas que al fin de semana siguiente cometí el pecado de hospedarme en el Mandrín Oriental con mi familia, uno de los hoteles más lujosos de Estados Unidos, según reseñan ahora los medios el día de la demolición.

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