
Luego de siete años fugado de la justicia española, el líder independentista catalán Carles Puigdemont ha regresado al país por vía clandestina, ha dado un discurso bajo el Arco de Triunfo de Barcelona y se ha vuelto a fugar: Toda una película de acción y suspense que ha cambiado un poquito el guión en el final de esta jornada.
Puigdemont, contra quien pesa una orden de captura por malversación de fondos públicos y sedición, había anunciado su retorno días antes, con el propósito de boicotear este jueves la investidura del nuevo President de la Generalitat de Catalunya (presidente de la comunidad autónoma) Salvador Illa, un político socialista que en mayo pasado ganó las elecciones autonómicas pero sin conseguir escaños suficientes en el Congreso regional para poder gobernar, lo que le ha obligado a formar coalición.
Con aspecto sereno, corte de pelo medieval, traje, corbata y gafas graduadas, Puigdemont, de 61 años, apareció hoy ante una multitud que le esperaba en el Passeig Lluis Compayns de la capital catalana, aproximadamente a un kilómetro de la sede del Congreso catalán donde se iba a realizar la investidura de Illa.
Se suponía, según el guión previsto e imaginario, que el líder independentista, a la cabeza del partido de derecha Junts per Catalunya, heredero del pujolismo que gobernó durante un cuarto de siglo, fuera caminando hasta el parlamento en medio de un baño de masas. Sin embargo, desapareció.
«Todavía estamos aquí porque no tenemos derecho a renunciar», dijo Puigdemont ante unas 3.500 personas, según cálculos de El País, y poco antes de poner pies en polvorosa.
Las autoridades locales han detenido a un agente policial por supuestamente estar compinchado con la fuga y poco después suspendió la denominada «Operación Jaula», el operativo diseñado para capturar el vehículo en el que viajaba Puigdemont.
Narrados los hechos de hoy, hay que decir que todo esto ha sido posible por dos cosas: en primer lugar, la frontera entre Francia y España es prácticamente de paso libre y solo se activaban comandos de búsquedas a etarras.
Luego, sin la aunuencia de la policía autonómica, los Mossos d’Esquadra, esta fuga no hubiera sido posible.
En el momento de escribir estas líneas, el líder de Junts per Catalunya debe estar viajando o ya habrá llegado a su residencia de Waterloo, la ciudad belga al sur de Bruselas donde vive hace siete años. Las imágenes que hemos visto esta mañana mientras la televisión nacional trataba de dilucidar la estrategia de Puigdemont daban risa y sorna a la vez.
¿Cómo puede un político fugado jugar así, un expresidente de una de las comunidades autónomas españolas más importantes, que en octubre de 2017 y al poco más de un año de gobierno rompió la ley de derogación del Estatuto de Cataluña, declaró independiente a la región mediterránea y, ante su orden de captura, escapó, dicen, dentro del maletero de un coche.
Sencillamente, a mi manera de ver, este performance de hoy forma parte del folclor español, divertido y surrrealista a veces. Claro, los independentistas que lean esto dirán que Cataluña no es España.
Yo que viví en Barcelona 12 años, cuatro de ellos indocumentado, puedo dar fe de que sí lo es, y como muestra está la Feria de Abril. Para decirlo rápido, puedo hablar de dos mitades, una nacionalista y otra no, e incluso muchos de los nacionalistas catalanes no son independentistas.
La narrativa de «pueblo oprimido» por un Estado español es una falacia. Y ahora que, para alcanzar la investidura de Salvador Illa se forzó el tan anhelado Concierto Económico, esa mentira se hace mayor.
Si todo sale como está previsto, en poco tiempo Cataluña tendrá Hacienda propia, como mismo la tienen hace años el País Vasco y Navarra.
Ya Cataluña controlaba Educación y Salud, además tener los Ferrocarrilles Catalanes; solo le falta una «caja» propia y el aeropuerto, que tal y como van las cosas lo tendrá en un futuro no muy lejano. Ya el presidente español, Pedro Sánchez, lo advirtió hace poco, que España podría convertirse en un país federal.
Puigdemont tiene la llave
El Partido Popular (la mayor fuerza de la oposición actualmente en España) trató de evitar este espectáculo y que «personajes como Puigdemont tuvieran la llave de la política española, y la respuesta de Sánchez fue que no, que no quería saber nada del Partido Popular», afirmó esta mañana el líder de la formación en Cataluña, Alejandro Fernández.
Según Fernández, el presidente español dijo que prefería cerrar con Esquerra (ERC, Esquerra Republicana de Cataluña, la izquierda inpendentista) un acuerdo «progresista por la reconciliación del reencuentro y la convivencia».
«Pues ya me dirá usted qué convivencia y qué reencuentro tiene esto. Cuando tú le das la llave de la política española a alguien como Puigdemont pasan las cosas que están pasando ahora: desestabilición, ruptura, conflicto y sobre todo, precisamente, falta de convivencia», señaló el líder conservador catalán al programa Espejo Público, de Antena 3.
Cierto es que, entre 2003 y 2010, Cataluña vivió tranquilamente, y vuelvo a dar fe, en los años del famoso tripartido de izquierdas liderado por el socialista Pasqual Margall, y luego por el también socialista José Montilla, que como su nombre y apellido indican no es de origen catalán. Pero el ambiente, el clima político, se fraccionó y se polarizó cuando Puigdemont dio un paso más allá, el del separatismo.
Como es sabido, para poder gobernar, el presidente Sánchez también se agenció una coalición de partidos, la mayoría de ellos independentistas. Luego sacó adelante una Ley de Aministía para conseguir el apoyo de Puigdemont (en pos de manejar partidas presupuestarias para su Ejecutivo) y a la vez dar la oportunidad de que éste pudiera regresar, pero esa ley fue rechazada por el Tribunal Supremo español por «inconstitucional».
Hoy se veía una multitud con banderas catalanas aplaudiendo al líder fugado, como si hubiera aparecido de pronto el mismísimo Lluis Compays, el presidente republicano de la Generalitat de Catalunya capturado en el exilio y fusilado por Franco en 1940, en Montjuic.
Con la diferencia de que Puigdemont no es de izquerda y representa a la burguesía catalana. Hay voces que creen que la jugada conlleva, de paso, una amnistía para su mentor, el histórico Jordi Pujol y su familia, condenados por evasión fiscal.
Yo que viví muy pocos años del pujolismo encontré, en 2001, una Cataluña alegre y trabajadora, sin grandes problemas de acogida, pero luego todo se radicalizó. El día en que me pasó por la mente que había salido de un nacionalismo totalitario para entrar en otro (como dato: soy cubano, o sea, un verdadero exiliado), empecé a marcharme de Cataluña.
Hoy viendo el show de Puigdemont no daba crédito del despropósito, de la pérdida de tiempo y del gasto innecesario de energía.
(foto de hoy, jueves 8 de agosto de 2024, tomada de la televisión)

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