Uno de los momentos que me empujó a buscar cómo marcharme de mi país está relacionado con el periodista y crítico de arte Pedro de la Hoz, fallecido este miércoles de cáncer, según dio a conocer la prensa oficial cubana.

De la Hoz, una de las personas más cultas que he conocido en mi vida, era mi colega en la redacción de Cultura del periódico Granma, el órgano más oficial del Partido Comunista de Cuba. Mulato, con bigote, al mirarlo me parecía más un salsero.

Se sentó a mi lado durante ocho años, en el penthouse del edificio expropiado tempranamente por Fidel Castro. El penthouse, al que se accedía por una escalera de caracol, tenía ascensor propio pero estaba clausurado. Las ventanas de cristales fueron selladas con  papel metálico para que no observáramos desde allí las oficinas de Castro en el Palacio de Gobierno.

Mi colega era un personero del régimen que escribía columnas críticas sobre programas de televisión,  programas muchos de ellos atrevidos por pasar la línea roja de la censura y otros que ni siquiera eran tan profundos pero al ser tan populares  no gustaban a la oficialidad. Él los aniquilaba de un plumazo, de ahí que la prensa oficial no tenía reparos al tildar a De la Hoz como un  “fiel soldado de las ideas”.

Recuerdo que iba a los lugares y no tomaba notas. Se sentaba a escribir y punto. Su firma sembraba el terror entre los creadores.

Yo escribía sobre teatro y él sobre música clásica y televisión, hasta que  De la Hoz se ganó el puesto de asesor del entonces ministro de Cultura, Armando Hart, uno de los comisarios políticos más cercanos a Castro, y se alejó físicamente de la Redacción.

En la década de los 90 se estrenó mucho teatro en Cuba, contestatario sobre todo, y yo los cubría casi todos, haciendo luego malabares para escribir una reseña en 30 líneas. Eran tiempos duros, el llamado “Periodo Especial”, y la página de Cultura,  por la escasez de papel, según nos dijeron, se ajustó a media página compartida con Deportes.

Hoy reviso mi papelería de entonces y hay una reseña que no encuentro, la de “Manteca”, la obra de Alberto Pedro estrenada en aquello años con Teatro Mío. La razón por la que no esté en mi archivo es que esa reseña se la encargaron a De la Hoz, un maestro en hilar fino y con excelsas palabras el discurso que necesitaba la dictadura, de ahí que algunos lo llamaban “Pedro de la Hoz y el martillo”.

“Manteca” reflejaba exactamente lo que estaba sucediendo en la calle y dentro de las viviendas, donde las personas, por recomendación del propio régimen, se vieron obligadas a criar  un cerdo, en la bañera, para luego matarlo, previa duda filosófica.

Demasiado fuerte para recogerlo en Granma, pero él sabía cómo hacerlo. La otra opción era no publicar nada, lo cual crearía un extrañamiento en el lector  porque el dramaturgo era demasiado conocido.

Sin embargo, no es precisamente esta anécdota profesional la que me llevó a marcharme del país, sino un escenario pedestre.

Por aquellos días hambreados, me encontré con De la Hoz en la puerta del piano bar del Teatro Nacional. Había un espectáculo de música al que yo quería asistir. Él pasa adelante pero a mí me cierran la puerta y no se giró. De la Hoz tenía dólares en el bolsillo y yo no. Después de tomar fuerza me marché a casa. La vergüenza me hizo pensar: Allí había una frontera que estaba definiendo por su  naturaleza el rumbo que iba a tomar el país, y así fue, un país clasista, de castas poderosas, que siempre lo había sido, pero ahora segregacionista con el poder del dólar, la moneda del “enemigo”.

Es pura anécdota, y alguien podría pensar que es surrealista. Sin embargo, a esa situación le debo haberme marchado definitivamente del país, fugado, claro.

Hoy que ha muerto Pedro de la Hoz me siento triste por tener que recordar aquel momento, ese instante en que uno comienza a quemar las naves, a no poder despedirse en condiciones de los amigos, el instante en que uno mete sus papeles en una maleta, con miedo y  sin derecho a regresar.

Lo siento, esto no es un obituario común, y debo reconocer que, en lo personal, Pedro de la Hoz nunca me trató mal.

Jorge Ignacio Pérez

One response to “ De la Hoz y el martillo, obituario a un hombre culto y servidor del castrismo”

  1. Avatar de Daniel J. Escudero
    Daniel J. Escudero

    no te trató mal, ni bien tampoco

    Te usó, como usan ellos a todos los que le rodean y de una u otra forma pueden salirles al paso.

    Que se lo lleve el viento de agua al lugar que le corresponda según su estirpe de servil (mas vil que ser) recadero e informante de un sistema, que dedicó su vida a contribuir con la deshumanización de generaciones enteras de cubanos que unos pudimos huir y otros aun se debaten por sobrevivir ahí dentro

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soy Jorge

Bienvenido a queridobob.com, un lugar de recordación a mi padre que soñaba con los Cayos de Florida. Soy Jorge Ignacio Pérez, un periodista que escribe desde Miami, la ciudad eterna, pero no en el sentido de Roma. Aquí dejo mis crónicas, reportajes, entrevistas y reflexiones. Adelante.

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