En memoria del fotorreportero Tomás Barceló

En el extremo oriental de Cuba, en Punta de Maisí, el paisaje es tan inhóspito que si uno no está acostumbrado siente ganas de echar a correr. Para no ser absoluto, diríamos que no hay casi nada. En el faro, hace ahora veinticinco años, encontramos a Eusebio Matos como «encargado» de los dos corredores, el aéreo, y uno marítimo que solo trae desgracias, excepto los domingos cuando pasa un crucero que va a República Dominicana.
El Faro de Maisí es un sitio mítico cuyo suelo de «diente de perro» sirve de antesala a las montañas cafetaleras de Guantánamo pero, ya digo, si uno entra por ahí, en el supuesto de haber desembarcado, se le quitan las ganas de avanzar.
Un sencillo cementerio local es un lujo al lado de otro situado a los pies del faro, que en realidad, el segundo, no es un camposanto «oficial», sino el sitio de enterramientos masivos de los haitianos que no llegan a Estados Unidos en su travesía por el peligroso Paso de los Vientos.
Eusebio, el farero, nos contó que cuando divisaba un naufragio se activaban las alarmas de la «Defensa Civil», para tratar de salvar vidas. Casi nadie en Cuba conoce que en Punta de Maisí se producen enterramientos masivos de haitianos, a los que, si es que alcanzan, se les coloca una cruz de cabillas oxidadas y un número.
Allí estábamos, hace ahora un cuarto de siglo, un día como hoy, los actores de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa del año 2000, la antropóloga estadounidense Laurie A. Frederik y un par de reporteros de la revista Bohemia, contando a este servidor.
Era un viaje que siempre quise cubrir y por eso hablé con mi jefe de la redacción de Cultura, Juan Sánchez, para que me autorizara. Amable y excelente periodista, mi jefe no solo me autorizó, sino también cedió a mi pedido de enviarme con un fotógrafo.
Siempre hago fotos de mis reportajes, pero la ocasión era especial y se necesitaba un fotógrafo aventurero. Se apuntó Tomás Barceló, un profesional no solo con ojo crítico, sino también con sensibilidad. El tema lo merecía.
Barceló tenía en su currículum varias exposiciones personales y colectivas y una trayectoria brillante. Me sentí honrado y luego, en el terreno, comprobé que con otro nada hubiera sido igual. Ese viaje fue un reto en muchos sentidos.
El «dominguero»
Vimos la pobreza extrema y tomamos café en unas casas tan perdidas y tan pobres, sin electricidad, no sé si hará falta decirlo, donde inmediatamente ofrecían cobijo al forastero. Era un lugar donde muchos niños nunca habían visto un teatro de marionetas, «zonas de silencio», le llaman oficialmente, donde no llegan las ondas de radio y mucho menos las de televisión.
Solo tenían «el dominguero», el inmenso crucero que salía de Miami y que ni siquiera tocaba tierra, pero se convirtió en el entretenimiento de la gente, al extremo de abandonar una función de teatro en medio de la noche para verlo pasar.
En el vuelo de La Habana a Guantánamo, en un avión soviético AN24 que al parecer se podía desarmar en el aterrizaje, vimos a aquella rubia que iba sentada sola y destacaba entre los pasajeros. Barceló, reportero nato, se acercó y le preguntó hacia dónde se dirigía. Ahí comenzó nuestra amistad con Laurie, la investigadora estadounidense que recopilaba información para su doctorado sobre Antropología Teatral.
Luego vino lo peor: el viaje de Guantánamo a Maisí en un camión conducido por «Cheny», del que estuve a punto de bajar varias veces para no seguir, por el peligro del terreno, no por el conductor.
Atravesar las montañas de Guantánamo en un camión del «campo socialista» con todo un equipo de teatro y su utilería, más los sacos de arroz y frijoles, eso fue la mayor aventura.
Recuerdo que al borde de los barrancos aquel camión se zarandeaba y nos agarrábamos unos a otros para no salir despedidos, gritando. Yo miraba a Laurie y me preguntaba qué necesidad tan grande podía tener para soportar eso. Ella no gritaba. Su carácter anglosajón la hacía contenerse y en todo caso suspirar, quizá apoyada en algún tipo de fe.
El peligro en carreteras de barro y caminos vecinales duró horas, pero pasó.
Al llegar al primer «campamento» -lo entrecomillo porque no era tal cosa, sino un conjunto de árboles que daban sombra a la orilla de un riachuelo, donde nos indicaron que pasaríamos la primera noche- todos estábamos desaliñados menos Laurie, quien, para nosotros, dejó de llamarse así para convertirse en Laura.
Muchos corrieron al río para asearse un poco mientras otros priorizaron estirar las piernas.
Laura había desaparecido por un momento hasta que la vimos salir de unos arbustos, en su estilo, sin aspavientos. Estaba preciosa, intacta, sin sudor en el rostro y se había cambiado el short por unos jeans. Barceló dijo sin pensarlo:
«¡Ven, lo de las películas americanas no es mentira!».
Se refería, por supuesto, a aquellas películas de «Indiana Jones» en las que los actores, después de una escena de persecusión, salían intocables y hasta maquillados.
Laura entendió y sonrió.
Muchos años después nos encontramos en Miami y me dijo que había publicado su tesis con Duke University Press. «Trumpets in the mountains (Theater and the Politics of National Culture in Cuba)», lleva en la portada una foto de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa y es, quizá, el primer libro sobre el «Período Especial», aquella brutal crisis económica y sanitaria de los años 90 de la que muchos no se salvaron y otros lo logramos por los pelos.
En medio de todo eso se hacía teatro. ¡Increíble!
Tomás Barceló, como muchos de los que sobrevivimos al hambre, a enfermedades derivadas, como la neuritis óptica y periférica, a los viajes en bicicleta y a los asaltos violentos en las calles, se marchó del país.
El fue para Argentina, mientras este servidor se radicó en España. Luego me enteré de su muerte, todavía joven, y me dolió mucho, sobre todo porque aquella muerte prematura se producía en la distancia.
Nunca le agradecí lo suficiente que me acompañara a ese viaje. Podía no haberse apuntado. En la Redacción no hubiera pasado nada. Me hubieran pedido que hiciera yo las fotos, así que, al cabo de veinticinco años, aquí comparto algunas.
Siempre en el recuerdo, Tomasito. Nos divertimos mucho, pasamos miedo y también te enfrentaste a aquellos guardias de carretera que estuvieron a punto de acusarnos de traficantes de cacao y café.
¡Qué locura!
Fotos de Jorge Ignacio Pérez tomadas durante la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa del año 2000.












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