
Miami, con su principal teatro en reparación y otros destinados básicamente a la comedia, se ha atrevido a estrenar este fin de semana «Manteca»,la obra del genial dramaturgo Alberto Pedro Torriente (1954-2005) que más nos marcó a los que vivimos el denominado «Periodo Especial», la etapa más dura para nostros y no solo por el hambre que pasamos, sino también por la ilusión de cambio que albergábamos, en combinación con la extrema miseria.
La capital del exilio cubano lo ha hecho al cumplirse tres décadas de aquel estreno de La Habana que nunca tuvo una apertura oficial, pero llenó la Sala Alternativa del Centro Cultural Bertolt Brecha solo con el boca a boca.
Por homenajear a Pedro, que murió en la flor de su vida, o por tratarse de un texto cumbre de la dramaturgia nacional que significa un reto para cualquier director y actor, lo cierto es que Beatriz Valdés Estudio lo ha recuperado para el público de Miami con una puesta en escena particular, a cargo del reconocido director Raúl Martín.
Ante todo hay que decir que se trata de un texto largo y complicadísimo, monumental, diríamos, que presenta la relación de tres hermanos marcados por el abandono institucional, que arreció para las familias cubanas mientras el Estado estudiaba el nuevo rumbo del país al tiempo en que la Europa del Este comunista daba sus cambios definitivos.
Luego comprobamos que nada cambió para nosotros, pero en aquel momento, además del hambre, la desorientación iba acompañada de una esperanza.
Son tres hermanos muy diferentes. Uno es un profesor universitario, gay y escritor; otro un ingeniero que regresa de la antigua URSS y no ve otra opción que reparar bicicletas, pero, a pesar del hambre, sigue idoladrando el comunismo, y el tercer personaje es una ama de casa que aboga por mantener la familia unida, o sea, a ellos tres que son los que quedan en la isla.
En medio de todo este andamiaje dramático se da la circunstancia de que están criando un cerdo clandestinamente para comer. Pero esto no se sabe hasta bien entrada la obra. Solo se dice que hay que hacerlo y uno se imagina qué. En el estreno de aquel 1993 no pocos pensamos que los personajes sugerían liquidar de un cuchillazo a Fidel Castro.
La puesta de Martín/Valdés, al igual que la original, según recuerdo, prescinde visualmente del animal en escena, un recurso bien pensando para dejar el peso dramático en un texto excelemente construido.
Ahora bien, ya sea por la falta de rodaje o por no haber encontrado una manera más eficaz de imbricar los tres personajes, el montaje carece de esa tensión dramática que era constante en la puesta original. En este montaje se prefiere una subida de tono en algunos parlamentos, en palabras soeces concretamente.
Está claro desde el principio que no se trata de una comedia, algo de lo que a todas luces huye el director, por más que esté trabajando con un texto enmarcado en el absurdo.
Martín logra plantear, dibujar, el carácter alienado de estos sobrevivientes sin regalar una risa fácil, pero creemos que el bache está en la interconexión de ellos mientras narran sus historias camino al climax, que, por cierto, está bien resuelto visualmente.
El público rompe en aplausos, en medio de la función, conmovido por el monólogo de Héctor Medina, que representa a Pucho, el hermano más joven, el rompedor, pragmático, y subversivo, el que recuerda la importancia de la manteca para subsistir.
También es de llevarse a casa la actuación de Gilberto Reyes en el papel de Celestino, un nostálgico comunista aferrado al pasado. Cierto es que choca la escena en la que el personaje rompe su campana de cristal para exclamar, tres veces y con voz en cuello, que él es un comunista, pero «comunista de aquí», o sea, de la isla.
No choca, a nuestro modo de ver, porque esa palabra, obscena a estas alturas para las víctimas del comunismo, no se deba pronunciar en Miami. El caso es que la ruptura abrupta de Celestino nos toma demasiado por sorpresa.
La puesta goza de un diseño escenográfico del artista Karoll Wiliam que recuerda el entramado de tarecos miserables, viejos y roidos del original, o sea, el tiempo detenido. También goza de un diseño musical original a cargo de Jesús Pupo, dos valores clave que Beatriz Valdés, quien encarna al personaje conciliador de Dulce, destacó al final de la función de este sábado.
El listón era muy alto para los que vimos la puesta original de Teatro Mío, bajo la dirección de Miriam Lezcano (Camagüey, 1943-Miami, 2020), esposa del dramaturgo.
Es imposible no comparar y de ahi el riesgo que ahora han asumido tanto Martín como Beatriz Valdés, gestora de la idea. Hay que decir que el ánimo, el realce de un texto monumental, dificilísimo para los actores, así como la atmósfera opresiva de ese apartamento cubano del «Periodo Especial» se mantienen.
Otra cosa que también conspira es el paso del tiempo. Aquella se estrenó como un reflejo de lo que sucedía en la calle y esta lo hace desde el ojo de afuera.
«Esta obra ha sido un viaje de regreso a mi país y a mi cultura y el pretexto ideal para juntar un equipo de artistas excepcionales que visten de lujo esta fiesta de la creación colectiva que ha sido Manteca…», escribe Valdés en el programa de mano.
Recordada al pasar de los años por su brillante interpretación en la película «La Bella de la Alhambra», también se granjeó el cariño del público venezolano y ahora ha querido rendir tributo a través del teatro.
Su invitado, Martín, director de Teatro de La Luna, uno de los grupos más importantes del panorama teatral en la isla, se ha ceñido en las notas del programa a escribirle una carta a Alberto Pedro, quien fue su amigo, según confiesa.
«Esta Manteca tuya, esa criatura que se escapó de las manos y que tanto recorrido ha dado en estos 30 años; por suerte o por desgracia, no lo sé, sigue vigente», escribe Martín, el director que más obras de Pedro ha montado después de Miriam Lezcano.
Con este montaje de «Manteca» tambien se abrió un camino para el teatro en el cine Tower de la Calle 8, y eso también lo resaltó Beatriz Valdés, un lugar céntrico que, de cierta manera, suple la ausencia del Auditorio del Condado Miami-Dade mientras lo reparan.
El camino está abierto. Ahora falta el recorrido, en todo sentido.
Fotos de Jorge Ignacio Pérez





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