
El dramaturgo y director teatral Carlos Celdrán acaba de presentar con éxito en Miami lo que él denomina «un acto de memoria» sobre la vida y la obra de la gran pintora cubana Antonia Eiriz (La Habana, 1929- Miami, 1995), una artista clave de los primeros años de la denominada «revolución cubana» quien fue forzada por la oficialidad a retirarse de la escena pública y que ahora, con el estreno este fin de semana de «Papier Maché», por fin se rompe esa larga leyenda sobre su persona.
Presentado por la compañía Arca Images, de Miami, «Papier Maché» es el fruto de una investigación de Celdrán sobre la vida y la obra de Eiriz, una carrera «meteórica», según recoge el propio autor y director en el programa de mano, que se vio truncada a partir del momento en que la artista expone en 1968 su pintura «Una tribuna para la paz democrática», en el Primer Salón Nacional de las Artes Plásticas.
La obra, un óleo y collage sobre tela, presenta una tribuna vacía, similar a la de los discursos de Fidel Castro, frente a un público de negros y blancos sin rostro definido, pero con una clara expresión de asombro.
El trabajo de Eiriz fue calificado de «derrotista» por la crítica especializada, primero desde México por una firma tan respetada, sobre todo por la izquierda internacional, como la de Raquel Tibol, y luego desde La Habana por el intelectual José Antonio Portuondo, el mismo que ejerció un papel de comisario cultural en el famoso «caso Padilla».
El cuadro más polémico de Eiriz aparece como telón de fondo en este montaje y en él se aprencian «unos micrófonos retorcidos, torcidos, dispuestos para un líder, el líder», dice el texto de Celdrán en lo que parece una alusión a Fidel Castro.
Una puesta minimalista solo en apariencia
Para construir su puesta en escena, Celdrán indaga en los posibles motivos por los que Eiriz dejó de pintar para dedicarse a impartir clases de papier maché en su comunidad más próxima, un recurso, como explica el personaje de Eiriz, que sirvió como terapia.
Según Celdrán, el recurso de aislamiento «es lo que da pie a la fuerza demoledora de sus obras, lo que genera una poética de resistencia, de franco desacuerdo y de absoluta reafirmación de lo subjetivo y de lo personal frente a los discursos impositivos del poder».
Ahora en la voz de la magnífica actriz Zulema Clares, quien resuelve con absoluta entrega la timidez y al mismo tiempo el valor de la artista, al punto de conmover al auditorio hasta las lágrimas (en el caso de este que escribe), Eiriz explica que «la voz del muralismo mexicano me paralizó»; para afirmar más tarde que no se retiró de la pintura «por miedo».
Con «la voz del muralismo mexicano» se refiere a la crítica argentino-mexicana Raquel Tibol, un referente de la intelectualidad de izquierda en aquella época no tan lejana.
La investigación de Celdrán arroja luz sobre la leyenda, al tiempo en que pone en perspectiva el asunto de la censura institucional y la autocensura. Llevar esto a escena necesitaba un texto bien claro y preciso, sin dejar de lado un alto vuelo literario, de ahí que por momentos pareciera que estamos leyendo y no viendo.
Su puesta es minimalista con toda intención para dejar que brille ese texto, la historia misma, que es real, y con ello las actuaciones.
Se vale de un personaje, a la par con el de Antonia, que es el de un director de teatro que busca productor para contar lo que él mismo investigó, también a partir de entrevistas con la propia Eiriz en sus últimos años en Miami. O sea, el teatro dentro del teatro.
De ahí que la obra adquiere un vuelo testimonial (Antonia murió de infarto poco antes de inaugurarse en Fort Lauderdale una exposición con obras nuevas, ya que las primeras, con su partida al exilio, quedaron en un almacén del Museo Nacional de Bellas Artes de la isla).
El contexto histórico en el que Eiriz viaja a Miami, aunque no es lo principal, sí subyace en la mente de todos los espectadores que vivimos aquellos terribles y hambreados años 90 del denominado «periodo especial».
Para entretejer el contexto histórico en el que Eiriz vivió, así como los personajes reales que le rodearon, Celrán utiliza un sistema de monólogos perfectamente hilvanados, aun cuando ocurren en diferentes planos temporales, y los presenta sin que se noten los cambios de escenas: un verdadero magisterio de las transiciones.
Teatro documental
De esta manera no tienen que ser referidos ni el virulento crítico castrista José Antonio Portuondo, ni Raquel Tibol, ni un joven viculado al taller de papier maché que impartía Antonia en su barrio de Juanelo, en la periferia de La Habana.
Y claro, está el monólogo de la propia artista que sobreviene como climax de una propuesta escénica que no sería arriesgado catalogar como documental.
El monólogo de Portuondo protagonizado por Guillermo Cabré es magistral. Significa un punto de ruptura brutal sobre todo para los cubanos que vivimos aquellos continuos discursos triunfalistas, reborzados de cierta lírica pero en el fondo demoledores y totalitarios. Ese monólogo por sí solo es otra pieza documental.
El elenco de Papier maché está compuesto además por Ariel Texidó (Héctor, personaje clave que reconstruye, investiga esta historia para que no se pierda), Rosalinda Rodríguez (Raquel Tibol y también otro personaje, el de una productora), y Andy Barbosa (el joven que narra cómo era el taller y refugio de Eiriz en La Habana).
Todos son magníficos intérpretes, y esto no es una muletilla: es la pura verdad. De lo contrario, una obra de autor que sostiene premisas muy específicas, como es el caso, correría mucho riesgo. Y aquí hay que añadir que los ensayos se hicieron a través de Zoom, porque el director se encontraba en España pendiente de visado. Al finalo logró venir al estreno.
Según reseñas en redes sociales, a la primera función asistieron personas que conocieron a Antonia Eiriz, lo cual redobla ese valor documental de «Papier Maché». Pero en realidad no hay que tener un conocimiento previo de la artista para emocionarse (la propia actriz principal, Zulema Clares, termnina llorando y le cuesta salir de su personaje y asumir que la función ha termninado).
«Traer de vuelta a los escenarios la figura de Antoni Eriz es un acto de memoria y una meditación sobre las paradojas y desencuentros, muchos de ellos fatales, entre los artistas y los contextos sociales en los que vivieron. El destino de Antonia, según esta premisa, es ejemplar», escribe Celdrán en las notas al programa.
«Papier Maché» se presenta en Westchester Cultural Arts Center, del centro de Miami, hasta el 11 de agosto.
(Fotos: Jorge Ignacio Pérez)











Replica a «La travesía», una magnífica representación del bien y el mal de la mano de Carlos Celdrán – Sin reservas, querido Bob Cancelar la respuesta