
Venezuela vive en total incertidumbre desde la captura de Maduro el pasado sábado, con el miedo de la gente no solo a hablar en público, sino, algo peor, a almacenar en sus teléfonos cualquier comentario, foto o publicación que sea motivo de encarcelamiento, mientras los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, actualmente a cargo de los poderes Ejecutivo y Legislativo, respectivamente, liberan «un importante número» de presos políticos como «gesto de intención en la búsqueda de la paz».
A los cubanos, que conocemos perfectamente ese lenguaje, nos preocupa que el compás de espera termine favoreciendo a la dictadura chavista, una copia bastante fiel del castrismo y de su proceder camaleónico.
Con los barcos militares estadounidenses todavía en el Caribe, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, visitó Venezuela este jueves para encabezar un homenaje a los «combatientes» de la isla muertos a tiros durante el operativo para capturar a Maduro. Esto, no ha dudado en reseñar la prensa no oficialista de asuntos cubanos, reafirma la alianza Cuba-Venezuela en medio de tensiones con Estados Unidos.
Y uno se pregunta: ¿A qué juegan? ¿O es que hay pactos importantes que desconocemos?
Este viernes, se supo que Estados Unidos y Venezuela reanudarán relaciones diplomáticas, y, en España, el presidente Sánchez habló de «una tansición pacífica y liderada por los propios venezolanos», luego de conversaciones que , según anunció, sostuvo con Delcy Rodríguez y con Edmundo González.
Tras la «sorpresa» de la humillante colocación de Delcy Rodríguez al frente del Ejecutivo por parte de la Administración Trump, no pocos analistas se apresuraron a recordar la ejemplar transición española realizada desde dentro.
Si bien la figura del rey, ahora emérito, Juan Carlos I sirvió como eje conciliador, los españoles tuvieron que tragar en seco para que un ministro de Franco como lo fue Manuel Fraga (el principal encargado de la censura informativa) pasara a la vida política cotidiana y muriera siendo senador.
Esto por una parte. Por otra, que los comunistas encabezados por Santiago Carrillo también tuvieran su representante, y, para no dejar fuera el sector de entretenimiento, tuvieron que tragar en seco que una nieta del dictador, apodada «la nietísima», se colara entre la farándula televisiva hasta que las nuevas generaciones ni siquiera se preguntaran de dónde salió.
Blanqueamiento de Delcy Rodríguez
Es por ello que hoy se habla de un «blanqueamiento» de Delcy Rodríguez, lo cual a los cubanos nos pone los vellos de punta.
Un perfil reciente sobre Delcy en la prensa española recordaba en estos días su adoración por Fidel Castro y por Silvio Rodríguez. La combinación es tan repugnante que nubla incluso la vista.
La noticia de que asumió como presidenta interina no la deseaba nadie, y es de suponer que hasta el propio secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos y nacido en Estados Unidos, tuvo que asumirla como una carga pesada.
Pero también la prensa española, la prensa que el presidente Sánchez denomina «seudoprensa», recordó en estos día que el Miami Herald había publicado en octubre pasado que los hermanos Rodríguez se ofrecieron a Trump, vía Qatar, para liderar una transición pacífica sin Maduro y sin desmontar las estructuras chavistas.
Cierto, casi nadie hizo caso a esa hipótesis, y probablemente fuera por lo inimaginable, teniendo a María Corina Machado y a Edmundo González legitimados por el pueblo.
Eso de, como ha hecho la Administración Trump, legitimar ahora a Delcy aunque sea humillándola es un riesgo que los cubanos -digo los cubanos porque somos los que más traiciones hemos vivido a los largo de más de 60 años- nunca hubiéramos pensado como estrategia.
Es muy peligroso. Demasiado peligroso.
Aunque el papa León XIV pidió este viernes que «se respete la voluntad del pueblo venezolano y se trabaje por la protección de los derechos humanos», y por su lado Trump, por fin, confirmó que se reunirá con María Corina Machado la próxima semana en Washington, el panorama sigue siendo desolador.
Un poco menos que cuando estaba Maduro, pero es que el pragmatismo de Trump no le ha permitido dar prioridad a la reconciliación nacional, que es lo que urge.
Los cubanos sabemos que para terminar con el castrismo de una puñetera vez hay que extirparlo de raíz. Aprovechar el factor sorpresa en todo caso para desmontar corriendo esa estructura que, con los años, ha logrado colarse incontables veces en la gestión de organismos internacionales.
En una entrevista reciente en Onda Cero, el opositor venezolano Lorent Saleh, Premio Sájarov de 2017 del Parlamento Europeo, denunció el trabajo del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero como intermediario.
Saleh, quien fue secuestrado en Bogotá (Colombia), llevado al centro de torturas conocido como «La Tumba» y más tarde trasladado al de el Helicoide, en Caracas, hasta ser liberado tras cuatro años de cautiverio por una gestión del Gobierno español, calificó a Zapatero como alguien que «ha hecho del sufrimiento venezolano un negocio».
«Zapatero le dijo a mi mamá que no denunciara lo que me pasaba, tuvo el descaro de llamar a mi mamá y regañarla», denunció bastante enfadado al día siguiente de la captura de Maduro, y cuando ya se sabía que Delcy tomaría las riendas del país.
Esto es más o menos lo que uno siente cuando alguien se declara admirador o admiradora de Silvio Rodríguez (perdón, pero el apellido sale por todas partes), un engaño total, una mascarada cínica que ayuda a ganar tiempo a los violadores de los derechos humanos.
Es cierto que Trump amenazó con ir por los hermanos Rodríguez, por Diosdado Cabello y por Padrino si no trabajan para él, pero ya el presidente de Estados Unidos no podrá hacerlo tan fácilmente.
El Senado votó este jueves 52 a 47 para impedir que Trump emprenda nuevas acciones militares en Venezuela.
La medida obligaría a Trump a solicitar antes la aprobación del Congreso.
Nadie quiere, excepto los «elegantes» y bien trajeados hermanos Rodríguez, junto a los ideólogos del castrismo, que la operación para capturar a Maduro quede en papel mojado.
Los cubanos sabemos que la liberación de unos presos políticos no significa el fin, porque en este minuto ya están capturando y condenando a otros. Por cierto, sin el debido proceso, sino en calidad de «secuestrados», como denunció Lorent Saleh, y él sí sabe de lo que habla.

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