
Si por un lado para los humoristas «empíricos» en los años 90 Sala Manca era un grupo «privilegiado», por el hecho de dominar técnicas teatrales, para los actores profesionales y estudiantes de teatro eran unos «bufones casi traidores de las santas tablas», según recuerda el actor y director Jorge Luis González, ex integrante de esa agrupación dirigida por Osvaldo Doimeadiós y en buena medida fundadora del Centro Promotor del Humor.
Era la época en la que, probablemente, el humor escénico tuvo más fuerza en Cuba, y a la isla le florecían comediantes en casi todas las provincias. La gran mayoría con ansias del criticar al «sistema», redoblando el absurdo que en sí mismo era -y es- ese régimen de estilo soviético «aplatanado» en el Caribe.
Eran los días en que eso que llamaban «humor inteligente» luchaba por sobresalir, en contraposición del simple sketch montado sin dramaturgia, para hacer reír con gags tomados del día a día, porque al fin y al cabo al propio régimen le convenía esa «válvula de escape».
Eran también los días del famoso festival Aquelarre, donde competían los mejores cómicos de la escena nacional vigilados de cerca por agentes encubiertos, quienes en platea incluso no podían aguantar la risa.
Personajes de Sala Manca como el de «La Pionera», el del guapo, los trovadores brasileños y, entre muchos otros, una delicada japonesa que intrepretaba Doimeadiós, marcaron época y probablemente el público los recuerde.
Tanto el teatro dramático como el teatro para niños quedaban registrados en publicaciones como la revista Tablas y Conjunto, esta última de Casas de las Américas, y ante la «escasez» de papel, prácticamente un solo diario, Granma, apuraba las reseñas para que al menos quedara constancia.
¿Pero quién se encargaba del humor, más allá de las páginas de Juventud Rebelde, que por aquella época pasó de diario a semanal?
Para recordar y «mirar» por dentro el movimiento humorístico escénico, hablamos con uno de los integrantes de Sala Manca, el actor, director y maestro Jorge Luis González (Santa Clara, 1966), quien, desde Miami y al cabo de tres décadas de aquella explosión contestataria, no duda en destacar primeramente que ser maestro de actores es su «más ardiente vocación».
González, quien además canta y toca la guitarra, es un magnífico ebanista al que no le alcanza el tiempo para cumplir pedidos.
En su «Ballena Azul», una carpintería móvil que recorre lentamente las calles de Miami, entre casas de clientes y Home Depot, va silbando una melodía mientras piensa en un escenario.
En 2023 protagonizó en Miami «El último vuelo de Matías Pérez», a cargo de El Ingenio Teatro, con la dirección escénica de Lliliam Vega y sobre un texto de Raquel Carrió.
El espectáculo, estrenado en el Sandrell Rivers Theater, recrea la historia real y matizada de este sastre y toldero portugués que desapareció en La Habana en 1856 a bordo de un globo, lo que a la postre, por su valentía, su ilusión y quizá por ser el primer «aviador» luso-cubano, dejó miles de elucubraciones en el imaginario popular, y un refrán que resume de manera codificada para los cubanos lo que es desaparecer.
Además de otras apariciones con El Ingenio Teatro -magnífica fue su intervención junto a la actriz y cantante Ivanesa Cabrera en el musical «Celia», y también hay que añadir su trabajo en «Burdel el Ojo Azul», junto a Susana Pérez, Rachel Cruz y Kirenia Vega-, González saltó a la cartelera de Miami como director, en «Cintas de seda», donde echó manos a un texto de Norge Espinosa para juntar en escena a la pintora Frida Kahlo (1907-1954) y a la monja y escritora Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695).
Ambas mujeres, figuras clave de la cultura mexicana y universal, coinciden en el tiempo.
González estrenó su versión con un montaje a cargo de Thymele Teatro, que cerró la séptima edición del Miami Open Art Fest (MOAF), un evento organizado en esta ciudad por el Proyecto Cultural Artefactus.
El estreno de «Cintas de seda» en Miami se debe a una adaptación de Marcial Lorenzo Escudero y la dirección escénica del propio González. Ambos subvierten el magnífico texto de Espinosa, que originalmente estaba planteado para más personajes, con el fin de adaptarlo a un teatro de cámara, de bolsillo o de pequeño formato, como se suele llamar.
Volviendo al humor escénico y a los tiempos de Sala Manca, que arrancaba la risa cuando decía que «El Centro Promotor del Humor está en 26…», mientras dejaba una pausa, una zona de silencio, para hacer referencia a la Avenida 26 y ridiculizar de esa manera el 26 Julio «revolucionario», González afirma que «el público llegó a ser casi ‘especialista’ en el género».
Sala Manca fue el grupo que transitaba con facilidad del humor al teatro dramático o tragicómico, de la mano de ese gran actor y también maestro que es Osvaldo Doimeadiós, y en ocasiones con los magníficos textos originales de Eleuterio González.
Sobre aquellos años de peñas y festivales, Jorge Luis González afirma que se trata de «una época maravillosa a nivel creativo». Aquí están sus recuerdos de aquellos años:
¿Qué importancia tuvo para ti la creación del Centro Promotor del Humor en los años 90?
Esa fue una gran iniciativa para estimular un movimiento de grupos humorísticos que ya se estaba gestando. Virulo, con sus importantes contactos oficiales, todo hay que decirlo, ya dirigía el Conjunto Nacional de Espectáculos con sede en el Carlos Marx. Es entonces que a través de la empresa de Cines le ceden el Acapulco y crea el Centro. Para los humoristas tener una sede oficial fue un gran estímulo y eso indudablemente favoreció el desarrollo posterior del gran momento del humor en esa década. Esto también generó un crecimiento de un público que llegó, según mi criterio, a ser casi «especialista» en el género y a acompañar como fanáticos a cada agrupación. Es importante destacar que la sede del Acapulco también permitió la visibilidad de grupos y solistas de toda la isla, lo que contaminó positivamente el desarrollo de las agrupaciones en sus propias localidades facilitando una expansión por todo el territorio nacional. La pertinencia de ese fenómeno se demostró luego con las giras a nivel nacional de una gran variedad de agrupaciones. El Centro del Humor tuvo un gran éxito y aunque Virulo lo abandonó en poco tiempo, (Osvaldo) Doimeadiós supo aprovechar la oportunidad y lo condujo con muy buen criterio.
¿Qué recuerdos tienes de la peña humorística que tuvo Sala Manca en el cine Acapulco, de la capital?
Esa fue una época maravillosa, en especial, a nivel creativo. No recuerdo exactamente de quién fue la idea de su creación pero me atrevo a decir que, como casi todas las ideas buenas, seguro se le ocurrió a Doime. Ese trabajo favoreció y se alineó perfectamente con el modo creativo de Sala Manca. Por lo general, no partíamos de textos escritos, sino de situaciones dramáticas recreadas a partir de personajes que surgían espontáneamente (excepto cuando adaptábamos textos originales de (Eleuterio González) Telo. Por ejemplo, si cualquiera de nosotros empezaba a representar a un guajiro cubano, solo como divertimento, para «hacerse el gracioso» o por matar el aburrimiento, acto seguido los demás lo secundábamos cada uno con su propio personaje campesino; esto podía ocurrir en un camerino, en un baño o en cualquier otro lugar. De este método, si se puede llamar así, surgieron grandes escenas que luego formaron parte de espectáculos mayores o se integraban en refritos que representábamos en la peña y en cualquier otro lugar que se terciara. Fue también un gran acierto invitar a la peña al grupo de (el famoso pianista de latinjazz) Emiliano Salvador, que nos acompañó y contribuyó a desarrollar ese espacio único en la Habana de los 90. Poco después del inicio comenzaron a desfilar por la peña otros humoristas y grupos que ayudaron al gran éxito de ese evento singular y maravilloso que fue la peña de humor de Sala Manca en el Acapulco.
¿Qué recuerdos tienes de la gira nacional de Sala Manca con su espectáculo «Cadáver exquisito»?
Hubo, de hecho, varias giras nacionales. La primera a bordo de una guagua Girón con muchachos de Danza y Música del ISA. Esto ocurrió muy en los inicios del grupo. En esa no estaba Doime que por aquel año andaba en Moa haciendo su servicio social. Éramos Leonardo (De Armas), (José Antonio) Roche, Jorge (Luis Sánchez) y yo. Le dimos un buen repaso a la isla desde Guantánamo hasta la Habana. La gira de «Cadáver Exquisito» fue otra cosa. En ese momento ya estábamos más consolidados a nivel artístico y habíamos puesto a prueba todos ejercicios que componían el espectáculo; de cualquier modo, eso no fue límite para que siguiéramos creando personajes y situaciones paralelamente.
¿En el contexto del teatro cubano de los 90, cómo sitúas el humor escénico?
En esos tiempos todavía el teatro cubano gozaba de cierta salud; se mantenían aún grandes referentes como Teatro Estudio. En el caso de Sala Manca nos encontramos con un gracioso fenómeno. Como éramos actores profesionales estudiantes o graduados del ISA, para los humoristas en general, que en su totalidad se acercaron a los escenarios de manera empírica, sin técnicas escénicas, solo con su intuición, éramos los privilegiados; sin embargo, para los actores profesionales y otros colegas estudiantes de teatro éramos algo así como bufones casi traidores a la causa de las santas tablas. Debido a la falta de formación escénica de la mayoría de los humoristas, en los comienzos casi todos usaban el escenario como si de un set televisivo se tratase, repitiendo lugares comunes en cuanto a forma y contenido.
Casi todos los grupos parodiaban programas de la televisión con entrevistas, etc. Pero esto poco a poco se fue transformando. Ya desde antes La Seña del Humor de Matanzas se lanzaba a espectáculos de corte escénico como «Jaguar you, Claudio» (creo que así era el título) acompañando al Conjunto Nacional y con una fuerte influencia de la música en sus presentaciones. Al desarrollarse el movimiento y con la consolidación del Centro, los jóvenes cómicos comenzaron a arriesgar más cada vez y a encontrar incluso líneas de identidad propias en cada caso. Creo que el movimiento humorístico de los noventa sacó al humor de los cabarets, de la televisión y la radio para apropiarse del espacio escénico teatral mostrando un desarrollo extremadamente ágil y llevando «lo humorístico» dentro del edificio teatral a cotas nunca antes alcanzadas, al menos, desde los tiempos de la gran comedia bufa cubana y el teatro cómico y musical de antes de 1959.
¿Qué significó para ti el montaje en Barcelona de «Ciclos», una obra emblemática del humor en los 90?
Ese texto, de mi querido Telo (Eleuterio González), es, a falta de un ajuste dramatúrgico necesario que me temo nunca va a ocurrir, un buen ejemplo del desarrollo en la profundidad del humor de esos años. Una obra del absurdo que, también apoyando lo anterior, fue recibida por el público en su estreno en la sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba y dirigida por Doime, con la misma frescura que cualquier otro espectáculo costumbrista y ligero.
En cuanto al montaje que dirigí en La Floresta, Barcelona, algunos años después, puedo recordar que lo más importante fue compartir de nuevo el escenario con dos hermanos actores y compañeros de estudios: Juan Carlos Rod y Javier Ávila. La puesta en realidad era casi una copia del estreno original, aunque tuve la osadía de reordenar y añadir algunos aspectos al texto que me parecieron necesarios para la dramaturgia de puesta en escena. Fue sin dudas una experiencia hermosa pero -como la esencia misma de este viejo arte- efímera. Queda el recuerdo y una nostalgia que me hace sonreír de placer.
¿En Miami has vuelto a los escenarios y como protagonista de «Matías Pérez», además de haber trabajado en otras obras de El Ingenio Teatro. ¿Podrías describir esta experiencia?
Existe un gran período de tiempo transcurrido desde la experiencia de «Ciclos» en Barcelona y mi regreso al teatro en Miami. Ese paréntesis me llevó a descubrir otra faceta como teatrista que fue desarrollarme como maestro de actuación en la Facultad de Teatro de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán, México. Debo reconocer que ser maestro de actores es, si me apuras, mi más ardiente vocación; más que actuar y más que dirigir. En esta ciudad luego de algunos años de estar alejado del teatro tuve la suerte de encontrarme con Lili Vega y su (El) Ingenio Teatro. Allí desarrollé personajes hasta en cuatro montajes teatrales. Es una experiencia muy alentadora pues me condujo de nuevo a vivir el sueño del escenario.
¿Qué ha significado para ti dirigir «Cintas de seda» en esta misma ciudad?
«Cintas de Seda» es un proyecto que comenzó como algo casual. Eddy Souza, de Artefactus, me invitó a participar en un festival que ellos realizan en su sede y que tiene la tarea de hacer visible el teatro que se produce localmente y mostrar algunos proyectos de otros países. Hacer teatro en Miami, en estos tiempos es, cuando menos, un acto de fe. No obstante me enamoró la idea de dirigir por primera vez en Miami y nos lanzamos. Tuve el gusto de trabajar con dos excelentes actrices (Yany Martín y Betsy Rodríguez) y de contar con un pequeñísimo equipo de trabajo formado por dos grandes amigos y artistas de mis tiempos de estudiante: Oscar Bringas y Marcial Lorenzo Escudero.
A pesar de los problemas asociados a la cotidianidad, logramos estrenar y demostrarnos una gran capacidad resolutiva. Recibimos muy favorables críticas especializadas y en mi opinión, la puesta cumplió mis expectativas sobrepasándolas, tanto en el plano emocional como el profesional.
Pero, una vez más, fue una experiencia efímera….No obstante, ¡el show debe continuar!
Galería de fotos tomadas en diferentes épocas por Jorge Ignacio Pérez










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