
El trauma que dejó la ocupación estadounidense durante la guerra en Afganistán, que duró casi veinte años (octubre de 2001-agosto de 2021), ha sido recogido puntualmente por el dramagurgo y director Nilo Cruz en su espectáculo «Tres veces Cruz (Tres ecos de guerra y fe)», estrenado este fin de semana en Miami con una puesta en escena contundente que se mueve entre el hiperrealismo y lo simbólico.
Cruz llega puntual en un momento en que el país ha quedado dividido por el patriotismo y nacionalismo estilo Donald Trump, al mismo tiempo en que su política aislacionista hace repensar la historia de esta nación en la arena internacional.
Con una guerra andando y sin acuerdo de paz (la de Rusia y Ucrania), el espectáculo de Cruz, con la compañía Arca Images, nos lleva a un ambiente bélico, sobrecogedor, desde la intimidad de tres personajes diversos que la puesta pretende interconectar.
La obra arranca en falso con el monólogo «El viaje de la sombra», interpretado por Andy Barbosa, que narra el «viaje de Marcelo Miguel, un niño de ocho años que decide escribir una carta a su padre, un soldado que lucha en Afganistán», según las escuetas notas del programa.
Una interpretación apurada, por un lado, y el uso de utilería sin justificación (unos paraguas que se mueven coreográficamente sin apoyar el texto, sino más bien todo lo contrario), hacen que la puesta tenga un arranque disperso e ininteligible, quedándose más bien en el aspecto visual.
Si bien este primer monólogo no logra llevar al espectador a Afganistán, el segundo, «Melisma (el canto de una sola sílaba)», es una incursión extraordinaria en el terreno, un doloroso viaje a un territorio marcado por la religión opresora del talibán y las ocupaciones soviética y estadounidense.
Como bien apunta el programa de mano, este monólogo, que al igual que el primero tuvieron su estreno mundial en español este fin de semana, recuerda el teatro del absurdo firmado por Cruz, el primer latinomericano en ganar el Premio Pulitzer de Drama en 2003 por su obra «Anna in the Tropics».
Carlos Acosta Milián interpreta el personaje de Loló, un soldado estadounidense herido y aislado en un remoto paraje de Afganistán. Hace mucho tiempo no veíamos una interpretación tan impresionante como la de este actor, quien, con una excelente colocación de la voz, concentración y una fuerza dramática descomunal mantiene el corazón en un puño durante unos veinte minutos.
El polvo de la guerra, una fuerte metáfora
El personaje de Acosta tiene un brazo atado y, en medio de su delirio, que lo lleva a situarse en un plató como si se tratara de una película, casi se traga el polvo del terreno, literalmente. Su nivel de entrega es algo poco visto hoy en día y le da un vuelco total al escenario.
Con música en directo (la puesta tiene el detalle de incorporar un laúd y un cajón flamenco, para acentuar ese mundo árabe y, a veces, distante de Occidente), el montaje de Cruz alcanza con el último y tercer monólogo ese último corazón que, si acaso, se había escurrido.

«Farhad o el secreto del ser (Un monólogo con música sobre un niño-niña en Afganistán» es el cierre perfecto para redondear este lejano territorio que, sin embargo, estuvo en la mente de muchos «millennials» que crecieron con esta guerra prolongada en el tiempo, en un lugar donde la cultura local suele anular a las mujeres.
La actriz y cantante Andrea Ferro se encarga de manera excelente del cierre y de este texto valiente, narrado desde la perspectiva de una niña que tuvo que convertirse en niño para sobrevivir.
Si el primer monólogo no logra llevar al espectador a Afganistán -para ser justos, el título del espectáculo general tampoco lo hace, prefiriendo ser más comercial que conceptual-, este último, incluso, provoca que uno se quede allí.
Ferro es también la entrega total, pero otro tipo de entrega, porque es la dulzura entrelazada con el dolor, la sobrevivencia entreverada con el vuelo de una ternura que, como se ha dicho infinitas veces, nunca debe perderse.
No vamos a contar los detalles, pero sí decir que el teatro musical aquí se ha vestido de guerrero, en la voz de una intérprete de pequeña estatura con una mirada demoledora.
Dos monólodos en español y el último en inglés, todos con subtítulos. En realidad no se explica por qué, no hay razón aparente para la dualidad, más si tenemos en cuenta que Ferro es una actriz bilingüe.
Alguien me dijo, con sorna, que el inglés es el «idioma oficial» de Broadway, pero la verdadera respuesta la encontramos en una entrevista al Miami Herald de la productora del espectáculo y directora ejecutiva de Arca Images, Alexa Kuve.
«Estamos tratando de involucrar más a la comunidad en nuestras presentaciones…Para nosotros es importante que la comunidad anglosajona conozca nuestro trabajo y se exponga a diferentes dramaturgos de América Latina», señaló.
Bueno, es una razón plausible, superpuesta, eso sí, al fenómeno artístico.
Cruz, un cubano-estadounidense que llegó de niño a este país, no nos sorprende en su abordaje a un tema controversial de la Historia y de la naturaleza humana. Nos tiene acostumbrados.
Acaba de recibir uno de los Premios Carbonell del sur de Florida, el Premio George Abbott 2024 por Logros Destacados en las Artes. Merecido se lo tiene este creador muy dado a poner todo en contexto y perspectiva, a partir de la investigación, y que no le teme a revisar los problemas desde el punto de vista crítico.
En casi 20 años de guerra en Afganistán, según el Watson Institute, de la Brown University, murieron 2.442 soldados estadounidenses y 1.144 soldados de diferentes países de la OTAN, y al menos 3.846 contratistas. El truma de Vietnam, lejos de desaparecer, se ha multiplicado.
Pero Cruz va más allá del dato y prefiere meterse, de paso, en el tema del burka. ¡Aplausos!
La obra está en cartelera en el Westchester Cultural Arts Center de Miami hasta el 16 de marzo.

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