Los que vivimos el Covid-19 en Miami nos enteramos de la misa la mitad, y eso lo acaba de confirmar el dramaturgo, cineasta, narrador y poeta Iván Acosta en su nuevo libro «Fuacatapam», presentado este jueves en la Universidad de Miami, en un encuentro entre cubanos de varias generaciones del exilio que lo escuchábamos reseñar los días de la pandemia en Nueva York como si fuera alguien que viene del futuro.
Bajó a la calle con una cámara, dijo, y se abrió paso entre los policías que no entendían cómo en aquellos días de incertidumbre se podía elegir el peligro. Luego uno lee el fantástico relato «Napoleoncito el deliverista» y entiende lo que se pudo vivir.
Por supuesto, existirán muchos relatos de ese momento desde la Gran Manzana y con diversos puntos de vista y recursos expresivos, pero este, cuyo protagonista es un repartidor de comida en bicicleta, y al mismo tiempo un estudiante de Medicina al que le sorprende una emergencia de tal envergadura, es un posible guion de película que algún día veremos en pantalla.

El libro, editado en Miami por Luis Leonel León, director de la Colección Fugas, y con prólogo de Rolando Pérez, profesor de Literatura Española y Latinoamericana de la universidad pública de Nueva York Hunter College, no pretende, sin embargo, centrarse en la pandemia, sino presentar un resumen de la obra multifacética de Acosta, autor de la célebre pieza teatral «El Super», más conocida a la larga por su versión cinematográfica.
«Fuacatapam», nombre complejo para la tapa de un libro, da título a uno de los relatos en el que el personaje central, La India Agripina, recorre la historia de Cuba y llega a la conclusión de que la mejor salida es eliminar a todas las generaciones que soprepasen los 15 años.
Según Acosta, «podría ser un cuento, un ensayo, una novelita, un relato de ciencia ficción, o hasta un guión, para darle riendas sueltas a la imaginación». Y ahí es donde este texto, heredero del realismo mágico latinoamericano, entronca con el tema de la pandemia y sus consecuencias.
«Napoleoncito el deliverista» -ya el juego de palabras advierte del humor de Acosta para presentar un evento trágico- podría haber sido el título del libro en tanto homenaje a esa población de Nueva York llena de emigrantes, y que el autor retrata muy bien desde la tragicomedia, llevando el texto a lo máximo del absurdo e incluso del delirio. Y no es para menos.
Repito que nadie debe entender la pandemia mejor que los habitantes de Nueva York.
Hay un momento en que Napoleoncito, buscando entre los hospitales a su abuela, la mujer que lo crió, tropieza en la calle con una vagabunda parturienta y se ve obligado a asistirla. Como no hay recursos disponibles, tiene que cortar el cordón umbilical con sus dientes, rechazando un machete afilado que ofrece otro desamparado.
Ya digo, lo lleva al límite, pero como el objetivo es buscar a la abuela -no contaremos el final que es un delirio total-, todo esto pasa de largo de la mano de una cámara progresiva, que es la que va narrando.
En esas mismas páginas está la narración del derribo de las Torres Gemelas, que el autor vio en directo desde su balcón en un piso 42 de una torre de la ciudad.
En un mismo libro entran la pandemia y el brutal atentado terrorista en el corazón de Estados Unidos, más el relato en síntesis de la vida del autor, como uno de los primeros exiliados cubanos, en los primeros años 60. Todo esto forma un repaso a la historia más reciente de esa gran ciudad a través de los ojos, y la cámara, de alguien que forma parte del exilio más longevo.
Un «cóctel de ficciones y realidades», como lo define el propio editor, Luis Leonel León, que pasa a cada rato por la música. No hay que olvidar que fue en Nueva York donde se funda la Salsa en los años 70 y que el autor nació en Santiago de Cuba, la cuna del son, la materia prima.
Un punto de inflexión interesante en este cóctel es el capítulo «Tratando de comprender la política de Washington hacia La Habana», en el que Acosta narra cómo, en los días de la Guerra Fría, la policía de Nueva York se infiltró «en las filas del Ejército Libertador Cubano», una organización para combatir el comunismo en Cuba. A él lo detuvieron en su propia casa a punta de pistola.
Fue el cantante puertorriqueño Bobby Capó quien pagó la fianza.
En apenas 180 páginas, en las que se alza como protagonista la gran ciudad, observada tanto a pie de calle como desde un piso 42 de una torre del barrio Hell’s Kitchen (o la Cocina del Infierno, aclara Acosta), cabe un mundo de cosas que encuentran conexión en la manera de narrar, concisa y a la vez llena de bifurcaciones.
Es la síntesis, la que ofrecen los oficios de cineasta, dramaturgo y poeta, quien ha hecho posible este «carnaval de historias y géneros».
El libro cuenta además con unas sugerentes ilustraciones del pintor cubano-estadounidense Luis Cruz Azaceta, poemas de Acosta y una impresionante foto junto a su padre tomada en Manhattan en 1962 por un refugiado judío húngaro, quien pronosticó que la estancia allí «sería para siempre».
Acosta ha venido a Miami a presentar su nuevo libro en la biblioteca de la Cuban Heritage Collection, en la UM, un día frío y lluvioso, especial para lucir su habitual sombrero y bufanda. Me dedicó un ejemplar que dice: «Para Jorge. Porque lo mejor está por venir, firmemente».
Alguien que ha vivido tanto y asegura algo así tiene que venir del futuro.

De izquierda a derecha: el editor Luis Leonel León, el autor Iván Acosta, y Rolando Pérez, autor del prólogo, durante la presentación en la Cuban Heritage Collection de Miami.

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soy Jorge

Bienvenido a queridobob.com, un lugar de recordación a mi padre que soñaba con los Cayos de Florida. Soy Jorge Ignacio Pérez, un periodista que escribe desde Miami, la ciudad eterna, pero no en el sentido de Roma. Aquí dejo mis crónicas, reportajes, entrevistas y reflexiones. Adelante.

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