
A pocas horas de la toma de posesión en Venezuela del dictador Nicolás Maduro, me atrevo a vaticinar que el presidente electo Edmundo González Urrutia ni siquiera tocará suelo nacional, o si lo toca no lo dejarán salir del aeropuerto, mientras leo en la prensa que la líder de la oposición, María Corina Machado, ha salido de la «clandestinidad» con las calles plagadas de motoristas paramilitares encapuchados.
Mañana será diferente. Mañana todo pasará, se quedará Maduro pero todo este pulso con el dictador quedará como precedente de una alianza internacional nunca antes vista.
A pocas horas del desenlace,y por experiencias de mi vida como exiliado, primero en España y ahora en Estados Unidos, pienso en la bisagra que conforman los expresidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, ambos socialistas pero en lados opuesto con respecto al destino de Venezuela.
González le ha dado el espaldarazo a la oposición, mientras Zapatero ha sido en todo este tiempo un apaño del chavismo, y me entristece decirlo y escribirlo porque la única vez que he votado en unas elecciones presidenaciales libres lo hice por él.
Ni el grupo IDEA (Iniciativa Democrática de España y las Américas), conformado por expresidentes iberoamericanos conservadores, podrá hacer más de lo que ha hecho: Dar todo su apoyo también a la oposición y en particular a una de las mujeres actualmente más valientes del mundo, María Corina Machado. Pero me cuesta pensar que tomarán un avión rumbo a Venezuela, aunque me gustaría que lo hicieran.
Los cubanos hemos visto cómo se hace esto.
Primero te avisan de que no tomes el avión porque no te dejarán entrar, y luego, si lo tomas, te retienen en el aeropuerto.
Claro, en el caso de los expresidentes sería escandaloso en la arena internacional, pero al chavismo, que ha preferido quedarse con Castro y Ortega y todos los lingotes de oro y barriles de petróleo, le da igual.
En el medio de prensa donde trabajo en Miami somos en una amplia mayoría cubanos y venezolanos. Todos exiliados. Los cubanos podemos sumar más de 60 años de exilio nacional, muerte, destrucción y «daños antropológico», como acuñara un destacado opositor.
Las oposiciones cubanas y venezolanas, aun cuando vienen de la misma raíz, o sea, del castrimo, han vivido épocas diferentes; la primera sin internet y la segunda con las redes a su favor, pero los métodos son los mismos.
Para un cubano escuchar o leer que María Corina Machado sale de la «clandestinidad», con todo el debido respeto, suena a estrategia diplomática. Todos sabemos que, tanto el chavismo como el castrimo, tienen el control absoluto de las personas. Saben dónde comen y dónde duermen, y si no la han apresado es por que esa valiente mujer, la verdadera artífice del cambio, tiene demasiada visibilidad internacional.
En Cuba los opositores se morían en la cárcel o permancecían en ella durante veinte años, y nadie se enteraba o no quería enterarse.
Pero quedémonos con el término «clandestino» como un tecnicismo para amplificar el triunfo de la oposición venezolana, porque todo el mundo sabe que ganaron las elecciones.
Da igual lo que digan los gobiernos estadounidenses de turno y el apoyo diplomático que ofrezcan.
Los cubanos sabemos que, como mismo se hizo en Panamá para buscar a Noriega -otro narcotraficante bajo el paraguas del comunismo castrista-, sin una intervención armada de Estados Unidos tanto el dictador venezolano como el puesto a dedo Díaz-Canel no abandonarán el poder.
Ahora bien, con la llegada de Trump y Marco Rubio se les complicarán bastante las cosas.
Ojalá me equivoque y mañana Maduro sea el que tome un avión para abandonar el país, como mismo hizo Bashar Al-Assad. Me temo que no será así.

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